El hombre que prefirió romperse los huesos 100 veces antes que trabajar

Árboles, paredes, trenes y puentes. Todo sirve cuando tu cuerpo tiene ganas de salirse de sí mismo.

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Eso parecía ser lo que le pasaba al alemán Arnim Dahl desde pequeño. De ahí a convertirse en uno de los mejores especialistas de acción del mundo, el camino fue directo.

A Arnim utilizar el cuerpo como herramienta de trabajo le venía de familia. Su madre era atleta y su padre fue un gran saltador de trampolín. En 1938, con solo 16 años, nuestro protagonista ya estaba emulando a papá Hermann siendo campeón juvenil de aquella disciplina.

En su currículum no encontraremos ningún máster de diseño gráfico. Arnim tampoco necesito validar ninguna aptitud en LinkedIn que no fuera algo que se hiciera con las manos o el cuerpo. De carpintero y albañil pasó a ganarse la vida como payaso y artista de circo. Era otro mercado laboral, claro.

Para 1949 ya era especialista de cine, el mejor de la posguerra. Llegó a hacer 40 películas y ser doble de acción del mismísimo Kirk Douglas. Diez años más tarde llegaría su momento de gloria: medio mundo le vio subido a la barandilla del Empire State Building de Nueva York.

Llegó a quedarse de pie sobre la barra de seguridad, agitando sus brazos en el aire. Un King Kong humano, y por tanto más temerario y feliz que aquel gorila de efectos especiales.

Cada vez que Dahl se subía a un edificio para hacer una demostración de acrobacia y desafío a la supervivencia más primaria, decenas de personas se agolpaban en la calle para verle. Su sonrisa en algunas de las fotos tomadas en esos momentos es una prueba de su felicidad.

La revista Der Spiegel le dedicó una portada en 1953 en la que el medio se preguntaba: “¿No es peligroso?”.

Pero para Dahl no había freno y siguió con sus saltos desde ventanas –con cristales incluidos–, desde trenes y coches en marcha, o incluso desde una grúa del puerto de la ciudad alemana de Wilhelmshaven. Estaba a 47 metros de altura.

Ese salto le rompió la columna vertebral y Arnim tuvo que pasarse un año entero en el hospital. Fue solo uno de los 4 años que pasaría en total recuperándose de sus caídas.

Cuando lo dejó, se había roto los huesos hasta 100 veces.

Valió la pena. “Prefiero 10 minutos de miedo que un mes de trabajo”, solía decir.

Pocas veces un cuerpo ha sido tan indomablemente libre.

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